« Los abedules al sureste permanecen inmóviles. No hay brisa que mueva el centeno, ni pájaro que cruce el cielo de cobalto. El campo es una extensión de geometría dorada, una repetición de espigas bajo el mediodía. La luz tendida sobre el centeno es la más limpia que ha visto desde que llegaron. Sin la ceniza de Vygor. Sin el filtro de los abetos.
Elena entra en el centeno. Eran las doce menos cinco.
Al cruzar el límite del primer surco, el Hum desaparece. El silencio es tan violento que le provoca un pitido en los oídos, una presión interna que la obliga a detenerse. Su propio esternón, acostumbrado al martilleo constante de la frecuencia, se siente de pronto vacío, hueco, como si una cavidad de aire helado se hubiera abierto bajo sus costillas.
A cincuenta metros, lo ve. No es una persona. Es una distorsión en el aire, una columna de calor blanco que no oscila como el espejismo de una carretera, sino que permanece fija, vertical. Tiene contorno: proporciones que no consigue medir, una verticalidad que parece más alta que el centeno y a la vez de su misma estatura.
Elena levanta la Leica. El visor encuadra la distorsión. Dispara. »